La violencia en contra de las mujeres
dentro de los vínculos afectivos en las relaciones heterosexuales
De
acuerdo con el físico vienes Fritjof Capra, la nuestra es una sociedad que se
encuentra inmersa en una profunda crisis; esto debido a que sus “estructuras
sociales y modelos de comportamiento” se han vuelto demasiado rígidos y, por
tanto, incapaces de “adaptarse a los cambios de la evolución cultural”
(1992:15). Dentro de esta crisis descrita por Capra, el patriarcado[1] es
un “modelo cultural” sumamente arcaico que está sufriendo la más grande e
inevitable de las transformaciones (1992:15), esto debido a que su enorme falta
de flexibilidad imaginativa lo ha hecho incapaz de responder a los impulsos y
las demandas no sólo del movimiento feminista[2],
sino la sociedad en su conjunto, la cual se aleja cada vez más de los modelos
androcéntricos.
Lo
anterior permite afirmar que los modelos conductuales originados dentro de
sociedades patriarcales y que nos han sido implantados, no son inherentes a la
“naturaleza” del ser humano[3] y
que, por tanto, estos se hayan sustentados en la construcción de un discurso de
legitimación sociocultural. Dicho de otra manera, en las sociedades
occidentales se ha construido, a lo largo de miles de años, “una estructura de
poder y un imaginario colectivo enraizado en una cultura patriarcal que oculta
y encubre, o bien «naturaliza», la violencia” en contra de las mujeres (Garcia
y Cabral, 1999:161).
Dicho
lo anterior, resulta pertinente afirmar que es viable el buscar la modificabilidad
de patrones conductuales que permanecen fuertemente arraigados en el inconsciente
colectivo de la sociedad mexicana; esto con miras a construir relaciones mucho
más equitativas entre hombres y mujeres, las cuales estén exentas de elementos
coercitivos basados en patrones androcéntricos que afirmen como positivas las
características de género asignadas a lo masculino, y como negativas las
características impuestas a lo femenino. No obstante, resulta pertinente
preguntarse ¿Cómo surge la violencia dentro de los vínculos amorosos? Más aun
cuando se afirma con contundencia que “sin amor no hay malos tratos” (López,
2001:822). A continuación se intentará responder dicha interrogante.
De
acuerdo con la especialista Lola López, el fenómeno de la violencia en pareja
es en realidad un fenómeno de violencia en contra de las mujeres, ya que son
ellas las que la padecen en el 95% de los casos (2001:821). Por tanto, es posible
afirmar que la violencia de pareja es un tipo de violencia ejercida por parte del
género masculino y en detrimento del género femenino. De igual forma, López menciona
que “La violencia familiar es un emergente de las relaciones de poder dentro de
la familia”, y que esta se encuentra “atravesada por legitimaciones culturales
que proceden de los diferentes modelos de socialización para hombres y mujeres”
(2001:821).
Prosiguiendo
con lo antes planteado, es posible afirmar que los procesos de violencia
vividos al interior de la pareja surgen como respuesta de la frustración
experimentada por parte de uno de sus integrantes ante las expectativas
depositadas e incumplidas en el otro (López, 2001:821). Es decir, la violencia
dentro de la pareja se genera en el momento en que uno de los individuos que la
compone comienza a ejercer el poder que detenta sobre la persona con la que ha
establecido una serie de vínculos amorosos o afectivos, para obtener de esta
manera la satisfacción de ese deseo o esa aspiración que no está siendo cumplido.
Es por ello que este tipo de violencia puede ser dimensionada como violencia de
género[4],
pues está siendo ejercida por parte de un género en contra del otro.
Empero, cabe preguntarse ¿Qué es lo
que origina que dentro de una relación afectiva se generen expectativas y
deseos que son depositados en el otro? Para responder a esta interrogante es
necesario retomar las nociones que se han vertido sobre la cuestión del género.
En este sentido, Pierre Bourdieu menciona que el sistema patriarcal se
encuentra “tan profundamente arraigado que no requiere justificación: se impone
así mismo como autoevidente, y se considera «natural» gracias al acuerdo «casi
perfecto e inmediato» que obtiene de estructuras sociales” (Bourdieu en Lamas,
2000:11), las cuales se concretizan en la organización del espacio y del tiempo,
y en la división del trabajo fundamentada en el sexo[5].
Todas estas “estructuras cognitivas inscritas en los cuerpos y en las mentes”
(Lamas, 2000:11) desempeñan un papel fundamental al momento de que dos sujetos
comienzan a construir vínculos afectivos.
El
desajuste surge cuando esos guiones emanados del mundo masculino no se siguen a
cabalidad y comienza -tal como lo menciona la feminista inglesa Judith Butler- un
proceso de innovación; o dicho en otras términos, cuando se emprenden acciones
interpretativas de “las normas de género recibidas de tal forma que se les
reproduzca y organice de nueva cuenta […] para renovar la historia cultural en
nuestros propios términos corpóreos.” (Butler en Lamas, 2000:7). Esta situación
puede acarrear una molestia en el hombre –en tanto sujeto componente de una
relación de pareja- y llevarle a exigir que su contraparte -es decir la mujer-
se atenga a lo estipulado por los códigos de conducta históricamente
establecidos.
Hasta
ahora se ha realizado un somero análisis de las implicaciones que conlleva el
vivir en una sociedad androcéntrica de la cual “subyace una estructura de poder
y un imaginario colectivo enraizado en una cultura patriarcal que oculta y
encubre, o bien «naturaliza»” (García y Cabral, 1999:161) mediante diversas
formas discursivas y culturales, la violencia y la opresión de las mujeres por
parte de los hombres. Así mismo, se ha resaltado como dentro de la pareja, el
intento de las mujeres por no constreñirse a esos patrones coercitivos puede
llegar a generar conflictos en los hombres, quienes buscarán mantener el orden
establecido de los patrones conductuales para de esa forma seguir ejerciendo un
poder construido y puesto en práctica en las relaciones afectivas.
Por
lo tanto, el siguiente paso es brindar una propuesta conceptual de lo que es la
violencia, más aun cuando se sabe sobre la compleja relación
que existe entre esta y el género. Lo primero por mencionar es que la violencia
se concretiza en “múltiples expresiones infiltradas en el tejido social, invadiendo
la vida pública y privada [hecho que] evidencia todo un entramado
sociosimbólico entre saberes, poder y prácticas” (García y Cabral, 1999:162). Además
de ello, resulta importante destacar que este fenómeno -el cual ya se mencionó
se haya presente en la cultura-, también se encuentra fuertemente arraigado en
nuestro pensamiento, y que la forma en que es “objetivada en prácticas
sociales, con tan profundo impacto en la vida individual interpersonal y
colectiva” nos ha llevado a adoptarla como una “forma de cultura dominante.”
(García y Cabral, 1999:163).
A
continuación se presenta un breve esbozo conceptual de lo que es, pero sobre
todo de lo que implica la violencia y su ejercicio, no sólo en el tema de las
relaciones de género, sino en un espectro más amplio:
“Hablar de violencia es hablar de
fuerza, del uso de la fuerza generalmente con intencionalidad agresiva,
manifiesta o encubierta, de someter a otro(a) y ocasionarle daño físico,
psíquico, sexual, material; se manifiesta en cualquier ámbito de la vida
individual y social e implica múltiples formas de manifestarse, pero sea cual
sea su rostro, expresa amenaza, ofensa, daño, maltrato, coacción, abuso,
hostilidad, control, ataque, destrucción, sufrimiento, dolor… y,
fundamentalmente, violación de los derechos humanos” (García y Cabral,
1999:163).
Esta definición permite por tanto
afirmar que la violencia es, no solo un fenómeno sociosimbólico, cultural, o de
“racionalidad dominante” (García y Cabral, 1999:162). La violencia es también
un problema político, ya que esta se haya presente en la vida pública de la
ciudadanía, y por tanto, abarca los intereses de la misma. Bajo esta misma
línea argumentativa es posible concluir también que la lucha encabezada por el
feminismo para erradicar la violencia de género, es por tanto una lucha
política.
Si se hace un intento por profundizar sobre
el fenómeno de la violencia de género dentro de los vínculos afectivos de
pareja, será posible observar cómo estas prácticas violentas sustentan un “poder
que facilita y sostiene la afirmación del género masculino en términos de un
ejercicio diferencial de poder”, con respecto al género femenino (García y
Cabral, 1999:165). Este ejercicio asimétrico del poder es el que permite
mantener la existencia de una cultura dominante, la cual legitima la falta de
equidad entre los géneros, así como la dominación masculina. En este sentido “se
reafirma la noción de la violencia como cultura dominante ejercida
fundamentalmente por los hombres” (García y Cabral, 1999:166) dentro de las sociedades
occidentales, las cuales se caracteriza por tener visiones fragmentarias de la
realidad, desde el momento en que realizan una división poco equitativa o
desigual de los hombres y de las mujeres.
A lo largo del presente ensayo se ha abordado el
tema de la violencia que sufren las mujeres dentro de los vínculos afectivos
desde una perspectiva antropológica, retomando a autoras de gran renombre en el
campo de la investigación feminista y de problemas de género. A lo largo de
dicho trabajo, se ha llegado a las siguientes conclusiones:
1.
La violencia
dentro de los vínculos amorosos es un fenómeno que afecta a las mujeres en más
del 90% de los casos, por tanto, este es un problema de violencia contra la
mujer.
2.
La falta de
equidad entre hombres y mujeres obedece a factores socioculturales y no ha
aspectos biológicos; así que esta realidad es factibles de ser modificada.
3.
El género es un
constructo antropológico que funge un papel específico dentro de las culturas
patriarcales y androcéntricas, y esta función es la de legitimar el dominio del
mundo masculino sobre el mundo femenino.
4.
La violencia es
el ejercicio intencional de cualquier tipo de fuerza usada en contra de una persona
o un grupo social, buscando con ello su afectación. De igual manera, tanto la
afectación causada como la violencia utilizada pueden no ser necesariamente
abiertas o manifiestas.
5.
En el caso de la violencia de género, esta es
ejercida por el mundo masculino en contra del mundo femenino, buscando con ello
preservar los privilegios que los hombres ejercen dentro de los sistemas
patriarcales, sexistas y androcéntricos.
Una vez mencionado lo anterior, no resta
más que afirmar que el presente ensayo tiene dos grandes objetivos: el primero,
demostrar que también los hombres podemos aportar insumos a la legítima y muy
necesaria lucha feminista y, que el tema de la equidad de género y los derechos
de la mujer no es un asunto que competa exclusivamente a las mujeres. El
segundo, contribuir con la construcción de una sociedad más justa y equitativa,
en la que cada persona y grupo social cuente con las herramientas y las
condiciones necesarias para ejercer una ciudadanía libre y responsable en la
cual los derechos humanos queden plenamente garantizados.
BIBLIOGRAFIA
·
Capra, Fritjof
(1992). “El cambio de rumbo”, en El punto
crucial. Ciencia, sociedad y cultura naciente, pp. 11-26, Troquet, Buenos
Aires, Argentina.
·
Fontenla, Martha
(2008). Diccionario de estudios de género
y feminismos, Biblos. Consultado en http://www.mujeresenred.net/spip.php?article1396
·
García, Carmen
T. y Blanca E. Cabral (1999). “Socioantropología de la violencia de género”, en
Revista de Estudios de Género. La
ventana, núm. 10, diciembre, pp. 160-183, Universidad de Guadalajara, México.
·
Lamas, Martha
(1986). “La antropología feminista y la categoría «género»", en Nueva Antropología, vol. VIII, núm. 30,
noviembre, pp. 173-198, Asociación Nueva Antropología A.C., México.
·
Lamas, Marhta
(2000). “Diferencias de sexo, género y diferencia sexual”, en Cuicuilco, vol. 7, núm. 18, enero-abril,
p 0, Escuela Nacional de Antropología e Historia, México.
·
López Mondéjar,
Lola (2001). “Una patología del vínculo amoroso: el maltrato a la mujer”, en Revista de la Asociación Española de
Neuropsiquiatría, vol. 21, núm. 77, pp. 7-26, Asociación Española de
Neuropsiquiatría, Madrid, España.
[1] Se entiende por
“Patriarcado” como el “gobierno de los padres. Históricamente el término ha
sido utilizado para designar un tipo de organización social en el que la
autoridad la ejerce el varón jefe de familia, dueño del patrimonio, del que
formaban parte los hijos, la esposa, los esclavos y los bienes. La familia es,
claro está, una de las instituciones básicas de este orden social.” El
movimiento feminista ha teorizado sobre este concepto tratando de encontrar “una
explicación que diera cuenta de la situación de opresión y dominación de las mujeres
y posibilitaran su liberación […] También fueron definiendo los contenidos
ideológicos, económicos y políticos del concepto que […] es el único que se
refiere específicamente a la sujeción de las mujeres y singulariza la forma del
derecho político que los varones ejercen en virtud de ser varones […] El poder
en el patriarcado puede tener origen divino, familiar o fundarse en el acuerdo
de voluntades, pero en todos estos modelos, el dominio de los varones sobre las
mujeres se mantiene.” (Fontenla:2008).
[2] Se entiende por feminismo como
el movimiento social que tiene por objeto el “contribuir al desmantelamiento de
las estructuras de poder que oprimen a las mujeres” (Lamas, 1986:179).
[3] Respecto a esto, Martha Lamas
afirma que el “género ha conducido lentamente a plantear que las mujeres y los
hombres no tienen esencias que se deriven de la biología, sino que son
construcciones simbólicas pertenecientes al orden del lenguaje y de las
representaciones” (2000:4).
[4] La palabra “género se refiere al
conjunto de prácticas, creencias, representaciones y prescripciones sociales
que surgen entre los integrantes de un grupo humano en función de una
simbolización de la diferencia anatómica entre hombres y mujeres. Por esta
clasificación cultural se definen no sólo la división del trabajo, las
prácticas rituales y el ejercicio del poder, sino que se atribuyen
características exclusivas a uno y otro sexo en materia de moral, psicología y
afectividad. La cultura marca a los sexos con el género y el género marca la
precepción de todo lo demás: lo social, lo político, lo religioso, lo
cotidiano.” (Lamas, 2000:3-4).
[5] En el año de 1937, G. Murdock
realizó “una comparación del trabajo en varias sociedades, concluyendo que no
todas las especializaciones por sexo pueden ser explicadas por las diferencias
físicas entre los sexos; eso es especialmente evidente en lo que se refiere a
la manufactura de objetos, para lo que no es la fuerza lo que determina, por
ejemplo, si un varón o una mujer elabora una canasta, sino el hecho de si esa
canasta va a ser utilizada en tareas consideradas femeninas o masculinas.”( Murdock
en Lamas, 1986:176)
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