martes, 15 de julio de 2014

La violencia en contra de las mujeres dentro de los vínculos afectivos en las relaciones heterosexuales

De acuerdo con el físico vienes Fritjof Capra, la nuestra es una sociedad que se encuentra inmersa en una profunda crisis; esto debido a que sus “estructuras sociales y modelos de comportamiento” se han vuelto demasiado rígidos y, por tanto, incapaces de “adaptarse a los cambios de la evolución cultural” (1992:15). Dentro de esta crisis descrita por Capra, el patriarcado[1] es un “modelo cultural” sumamente arcaico que está sufriendo la más grande e inevitable de las transformaciones (1992:15), esto debido a que su enorme falta de flexibilidad imaginativa lo ha hecho incapaz de responder a los impulsos y las demandas no sólo del movimiento feminista[2], sino la sociedad en su conjunto, la cual se aleja cada vez más de los modelos androcéntricos.        
Lo anterior permite afirmar que los modelos conductuales originados dentro de sociedades patriarcales y que nos han sido implantados, no son inherentes a la “naturaleza” del ser humano[3] y que, por tanto, estos se hayan sustentados en la construcción de un discurso de legitimación sociocultural. Dicho de otra manera, en las sociedades occidentales se ha construido, a lo largo de miles de años, “una estructura de poder y un imaginario colectivo enraizado en una cultura patriarcal que oculta y encubre, o bien «naturaliza», la violencia” en contra de las mujeres (Garcia y Cabral, 1999:161).
Dicho lo anterior, resulta pertinente afirmar que es viable el buscar la modificabilidad de patrones conductuales que permanecen fuertemente arraigados en el inconsciente colectivo de la sociedad mexicana; esto con miras a construir relaciones mucho más equitativas entre hombres y mujeres, las cuales estén exentas de elementos coercitivos basados en patrones androcéntricos que afirmen como positivas las características de género asignadas a lo masculino, y como negativas las características impuestas a lo femenino. No obstante, resulta pertinente preguntarse ¿Cómo surge la violencia dentro de los vínculos amorosos? Más aun cuando se afirma con contundencia que “sin amor no hay malos tratos” (López, 2001:822). A continuación se intentará responder dicha interrogante.

De acuerdo con la especialista Lola López, el fenómeno de la violencia en pareja es en realidad un fenómeno de violencia en contra de las mujeres, ya que son ellas las que la padecen en el 95% de los casos (2001:821). Por tanto, es posible afirmar que la violencia de pareja es un tipo de violencia ejercida por parte del género masculino y en detrimento del género femenino. De igual forma, López menciona que “La violencia familiar es un emergente de las relaciones de poder dentro de la familia”, y que esta se encuentra “atravesada por legitimaciones culturales que proceden de los diferentes modelos de socialización para hombres y mujeres” (2001:821).
Prosiguiendo con lo antes planteado, es posible afirmar que los procesos de violencia vividos al interior de la pareja surgen como respuesta de la frustración experimentada por parte de uno de sus integrantes ante las expectativas depositadas e incumplidas en el otro (López, 2001:821). Es decir, la violencia dentro de la pareja se genera en el momento en que uno de los individuos que la compone comienza a ejercer el poder que detenta sobre la persona con la que ha establecido una serie de vínculos amorosos o afectivos, para obtener de esta manera la satisfacción de ese deseo o esa aspiración que no está siendo cumplido. Es por ello que este tipo de violencia puede ser dimensionada como violencia de género[4], pues está siendo ejercida por parte de un género en contra del otro.
            Empero, cabe preguntarse ¿Qué es lo que origina que dentro de una relación afectiva se generen expectativas y deseos que son depositados en el otro? Para responder a esta interrogante es necesario retomar las nociones que se han vertido sobre la cuestión del género. En este sentido, Pierre Bourdieu menciona que el sistema patriarcal se encuentra “tan profundamente arraigado que no requiere justificación: se impone así mismo como autoevidente, y se considera «natural» gracias al acuerdo «casi perfecto e inmediato» que obtiene de estructuras sociales” (Bourdieu en Lamas, 2000:11), las cuales se concretizan en la organización del espacio y del tiempo, y en la división del trabajo fundamentada en el sexo[5]. Todas estas “estructuras cognitivas inscritas en los cuerpos y en las mentes” (Lamas, 2000:11) desempeñan un papel fundamental al momento de que dos sujetos comienzan a construir vínculos afectivos.
El desajuste surge cuando esos guiones emanados del mundo masculino no se siguen a cabalidad y comienza -tal como lo menciona la feminista inglesa Judith Butler- un proceso de innovación; o dicho en otras términos, cuando se emprenden acciones interpretativas de “las normas de género recibidas de tal forma que se les reproduzca y organice de nueva cuenta […] para renovar la historia cultural en nuestros propios términos corpóreos.” (Butler en Lamas, 2000:7). Esta situación puede acarrear una molestia en el hombre –en tanto sujeto componente de una relación de pareja- y llevarle a exigir que su contraparte -es decir la mujer- se atenga a lo estipulado por los códigos de conducta históricamente establecidos.
Hasta ahora se ha realizado un somero análisis de las implicaciones que conlleva el vivir en una sociedad androcéntrica de la cual “subyace una estructura de poder y un imaginario colectivo enraizado en una cultura patriarcal que oculta y encubre, o bien «naturaliza»” (García y Cabral, 1999:161) mediante diversas formas discursivas y culturales, la violencia y la opresión de las mujeres por parte de los hombres. Así mismo, se ha resaltado como dentro de la pareja, el intento de las mujeres por no constreñirse a esos patrones coercitivos puede llegar a generar conflictos en los hombres, quienes buscarán mantener el orden establecido de los patrones conductuales para de esa forma seguir ejerciendo un poder construido y puesto en práctica en las relaciones afectivas.
Por lo tanto, el siguiente paso es brindar una propuesta conceptual de lo que es la violencia, más aun cuando se sabe sobre la compleja relación que existe entre esta y el género. Lo primero por mencionar es que la violencia se concretiza en “múltiples expresiones infiltradas en el tejido social, invadiendo la vida pública y privada [hecho que] evidencia todo un entramado sociosimbólico entre saberes, poder y prácticas” (García y Cabral, 1999:162). Además de ello, resulta importante destacar que este fenómeno -el cual ya se mencionó se haya presente en la cultura-, también se encuentra fuertemente arraigado en nuestro pensamiento, y que la forma en que es “objetivada en prácticas sociales, con tan profundo impacto en la vida individual interpersonal y colectiva” nos ha llevado a adoptarla como una “forma de cultura dominante.” (García y Cabral, 1999:163).
A continuación se presenta un breve esbozo conceptual de lo que es, pero sobre todo de lo que implica la violencia y su ejercicio, no sólo en el tema de las relaciones de género, sino en un espectro más amplio:

“Hablar de violencia es hablar de fuerza, del uso de la fuerza generalmente con intencionalidad agresiva, manifiesta o encubierta, de someter a otro(a) y ocasionarle daño físico, psíquico, sexual, material; se manifiesta en cualquier ámbito de la vida individual y social e implica múltiples formas de manifestarse, pero sea cual sea su rostro, expresa amenaza, ofensa, daño, maltrato, coacción, abuso, hostilidad, control, ataque, destrucción, sufrimiento, dolor… y, fundamentalmente, violación de los derechos humanos” (García y Cabral, 1999:163).

Esta definición permite por tanto afirmar que la violencia es, no solo un fenómeno sociosimbólico, cultural, o de “racionalidad dominante” (García y Cabral, 1999:162). La violencia es también un problema político, ya que esta se haya presente en la vida pública de la ciudadanía, y por tanto, abarca los intereses de la misma. Bajo esta misma línea argumentativa es posible concluir también que la lucha encabezada por el feminismo para erradicar la violencia de género, es por tanto una lucha política.
Si se hace un intento por profundizar sobre el fenómeno de la violencia de género dentro de los vínculos afectivos de pareja, será posible observar cómo estas prácticas violentas sustentan un “poder que facilita y sostiene la afirmación del género masculino en términos de un ejercicio diferencial de poder”, con respecto al género femenino (García y Cabral, 1999:165). Este ejercicio asimétrico del poder es el que permite mantener la existencia de una cultura dominante, la cual legitima la falta de equidad entre los géneros, así como la dominación masculina. En este sentido “se reafirma la noción de la violencia como cultura dominante ejercida fundamentalmente por los hombres” (García y Cabral, 1999:166) dentro de las sociedades occidentales, las cuales se caracteriza por tener visiones fragmentarias de la realidad, desde el momento en que realizan una división poco equitativa o desigual de los hombres y de las mujeres.

A lo largo del presente ensayo se ha abordado el tema de la violencia que sufren las mujeres dentro de los vínculos afectivos desde una perspectiva antropológica, retomando a autoras de gran renombre en el campo de la investigación feminista y de problemas de género. A lo largo de dicho trabajo, se ha llegado a las siguientes conclusiones:

1.      La violencia dentro de los vínculos amorosos es un fenómeno que afecta a las mujeres en más del 90% de los casos, por tanto, este es un problema de violencia contra la mujer.
2.      La falta de equidad entre hombres y mujeres obedece a factores socioculturales y no ha aspectos biológicos; así que esta realidad es factibles de ser modificada.
3.      El género es un constructo antropológico que funge un papel específico dentro de las culturas patriarcales y androcéntricas, y esta función es la de legitimar el dominio del mundo masculino sobre el mundo femenino.
4.      La violencia es el ejercicio intencional de cualquier tipo de fuerza usada en contra de una persona o un grupo social, buscando con ello su afectación. De igual manera, tanto la afectación causada como la violencia utilizada pueden no ser necesariamente abiertas o manifiestas.
5.       En el caso de la violencia de género, esta es ejercida por el mundo masculino en contra del mundo femenino, buscando con ello preservar los privilegios que los hombres ejercen dentro de los sistemas patriarcales, sexistas y androcéntricos.

Una vez mencionado lo anterior, no resta más que afirmar que el presente ensayo tiene dos grandes objetivos: el primero, demostrar que también los hombres podemos aportar insumos a la legítima y muy necesaria lucha feminista y, que el tema de la equidad de género y los derechos de la mujer no es un asunto que competa exclusivamente a las mujeres. El segundo, contribuir con la construcción de una sociedad más justa y equitativa, en la que cada persona y grupo social cuente con las herramientas y las condiciones necesarias para ejercer una ciudadanía libre y responsable en la cual los derechos humanos queden plenamente garantizados.

BIBLIOGRAFIA

·      Capra, Fritjof (1992). “El cambio de rumbo”, en El punto crucial. Ciencia, sociedad y cultura naciente, pp. 11-26, Troquet, Buenos Aires, Argentina.
·      Fontenla, Martha (2008). Diccionario de estudios de género y feminismos, Biblos. Consultado en http://www.mujeresenred.net/spip.php?article1396
·      García, Carmen T. y Blanca E. Cabral (1999). “Socioantropología de la violencia de género”, en Revista de Estudios de Género. La ventana, núm. 10, diciembre, pp. 160-183, Universidad de Guadalajara, México.
·      Lamas, Martha (1986). “La antropología feminista y la categoría «género»", en Nueva Antropología, vol. VIII, núm. 30, noviembre, pp. 173-198, Asociación Nueva Antropología A.C., México.
·      Lamas, Marhta (2000). “Diferencias de sexo, género y diferencia sexual”, en Cuicuilco, vol. 7, núm. 18, enero-abril, p 0, Escuela Nacional de Antropología e Historia, México.
·      López Mondéjar, Lola (2001). “Una patología del vínculo amoroso: el maltrato a la mujer”, en Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, vol. 21, núm. 77, pp. 7-26, Asociación Española de Neuropsiquiatría, Madrid, España.



[1] Se entiende por “Patriarcado” como el “gobierno de los padres. Históricamente el término ha sido utilizado para designar un tipo de organización social en el que la autoridad la ejerce el varón jefe de familia, dueño del patrimonio, del que formaban parte los hijos, la esposa, los esclavos y los bienes. La familia es, claro está, una de las instituciones básicas de este orden social.” El movimiento feminista ha teorizado sobre este concepto tratando de encontrar “una explicación que diera cuenta de la situación de opresión y dominación de las mujeres y posibilitaran su liberación […] También fueron definiendo los contenidos ideológicos, económicos y políticos del concepto que […] es el único que se refiere específicamente a la sujeción de las mujeres y singulariza la forma del derecho político que los varones ejercen en virtud de ser varones […] El poder en el patriarcado puede tener origen divino, familiar o fundarse en el acuerdo de voluntades, pero en todos estos modelos, el dominio de los varones sobre las mujeres se mantiene.” (Fontenla:2008).
[2] Se entiende por feminismo como el movimiento social que tiene por objeto el “contribuir al desmantelamiento de las estructuras de poder que oprimen a las mujeres” (Lamas, 1986:179).
[3] Respecto a esto, Martha Lamas afirma que el “género ha conducido lentamente a plantear que las mujeres y los hombres no tienen esencias que se deriven de la biología, sino que son construcciones simbólicas pertenecientes al orden del lenguaje y de las representaciones” (2000:4).
[4] La palabra “género se refiere al conjunto de prácticas, creencias, representaciones y prescripciones sociales que surgen entre los integrantes de un grupo humano en función de una simbolización de la diferencia anatómica entre hombres y mujeres. Por esta clasificación cultural se definen no sólo la división del trabajo, las prácticas rituales y el ejercicio del poder, sino que se atribuyen características exclusivas a uno y otro sexo en materia de moral, psicología y afectividad. La cultura marca a los sexos con el género y el género marca la precepción de todo lo demás: lo social, lo político, lo religioso, lo cotidiano.” (Lamas, 2000:3-4).
[5] En el año de 1937, G. Murdock realizó “una comparación del trabajo en varias sociedades, concluyendo que no todas las especializaciones por sexo pueden ser explicadas por las diferencias físicas entre los sexos; eso es especialmente evidente en lo que se refiere a la manufactura de objetos, para lo que no es la fuerza lo que determina, por ejemplo, si un varón o una mujer elabora una canasta, sino el hecho de si esa canasta va a ser utilizada en tareas consideradas femeninas o masculinas.”( Murdock en Lamas, 1986:176) 

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