martes, 2 de julio de 2024

Hoy fue un día soleado

Aquella vez en que discurría la tarde en completa calma, el año 1986 caminaba con pasos inseguros y pesados. Ese fue el año del mundial de fútbol en México y, el recuerdo más grato que tengo de esa (in)justa deportiva fue la rechifla que se llevó el ojete de Miguel de la Madrid por parte del público asistente al Estadio Azteca durante el partido inaugural. La negligencia asesina mostrada un año antes, durante los días posteriores al terremoto que arrasó con el centro histórico de la Ciudad de México había despertado una profunda rabia en el pueblo de México.

No obstante, volviendo a aquella tarde, y a juzgar por la sensación de quietud que embarga el recuerdo, es muy probable que fuera período veraniego y vacacional. Yo tendría no más de 6 años y teníamos muy poco tiempo de haber llegado a la colonia tras el divorcio de mis padres. Empero, a pesar de la corta edad que tenía, mi madre consideró que había llegado el momento adecuado para asignarme una tarea la cual constituía un paso más (tal vez el primero de ellos) en ese largo camino para convertirme en “hombre”: Tendría que acudir solo a la tienda. Huelga decir que, en aquellos tiempos, la burguesía nacionalista posrevolucionaria daba sus últimos coletazos de vida, antes de sucumbir ante el embate brutal del neoliberalismo y la nueva oligarquía de tecnócratas que se comenzaban a adueñar del poder público. Tal vez, debido a ello, la conflictividad entre los cárteles de la droga y el cártel del Estado no había inundado las calles de sangre, balazos y muerte; situación que reducía enormemente la posibilidad de que una criatura de seis años (es decir, yo) padeciera una desgracia.

El establecimiento mercantil al que me dirigiría se encontraba a poco más de una cuadra de mi casa y, recordando la tristemente célebre frase atribuida a Jacobo Zabludovsky en aquella fatídica noche de octubre de 1968, aquel también “fue un día soleado”. No recuerdo en lo absoluto cuál fue el encargo de mi madre, y tampoco tengo presente la imagen de mi hermana menor quien, en esos momentos no estaba en nuestro hogar. Muy probablemente se encontraba en la casa aledaña que habitaban las tías solteras y de edad avanzada, observando alguna telenovela del canal de las estrellas.

No obstante, lo que tengo perfectamente grabado en mi mente, al igual que el olor de tu nuca en mi almohada, o las laceraciones psicoafectivas que dejaste en mí tras tu partida, es la denominación de aquel billete verde que tenía la efigie del populista por antonomasia del presidencialismo en México: Lázaro Cárdenas (“El Tata”). Al fondo del billete y tras la figura del general, podían apreciarse las plataformas petroleras en el Golfo de México, la cuales simbolizaban la gran gesta que había significado la expropiación petrolera; el gran triunfo de la revolución burguesa de 1910 que, a decir de López Portillo, nos estaba preparando para “administrar la abundancia”.

Siendo así, mi madre puso el billete con denominación de 10 mil pesos en mis manos para que pudiera realizar los pagos en la tienda y, al momento de hacerlo me dijo lo siguiente:

—Hijo, mira bien el billete que te estoy entregando, es uno de a diez mil (sic); la señora de la tienda te tiene que entregar (X cantidad) de cambio; guárdalo muy bien la bolsa de tu short, que no se te vaya a caer. Tampoco platiques con nadie en la calle y ten mucho cuidado al cruzar...

Yo escuché las indicaciones maternas con una atención que rayaba en la solemnidad; mis ojos estaban tan abiertos que incluso lograban transmitir cierto dejo de temor. Sin embargo, al momento de guardar el dinero en el bolsillo, mi capacidad de concentración se había agotado por completo pues la había enfocado al 100% en el discurso de 30 segundos de duración que mi madre había esgrimido sobre las necesarias precauciones que uno debe tomar cuando maneja altas cantidades de monetarias. En aquellos años, aún no se imponían como hegemónicas las teorías posmodernas sobre el déficit de atención, las competencias educativas y algunas otras pendejadas ideadas por los mercenarios de la educación. Por tanto, la distracción infantil se llegaba a catalogar como un simple gesto picaron y jocoso por el cual no era menester realizar estudios neurológicos, tomar encefalografías o recetar pastillas que envenenan a las infancias neurodivergentes.

Una vez agotadas mis capacidades receptivas tras el discurso de mi madre, mi mente estaba más enfocada en el perro negro de la calle que jugaba con todos los niños de la cuadra; o en el último gol que había metido Hugo Sánchez con el Real Madrid; o —esto último es lo más probable— tal vez estaba sumamente nervioso debido a que, en mi trayecto rumbo a la tienda cruzaría frente a la casa de aquella niña rubia, de piel blanquísima y sonrisa nacarada que hacía temblar mis manos y mis piernas cuando se asomaba por la ventana y me gritaba: —¡Oye, niño, niño! Al tiempo que me saludaba con su brevísima y floral manecita. Ella era para mí como una visión eclesiástica; una auténtica querubín. Las escazas ocasiones en que lograba observarla posada en la planta alta de su hogar, mi pulso se aceleraba y el terror me invadía cual calambres que el mismo Hugo Sánchez había padecido frente a la selección de Alemania en los 4tos de final del ya mencionado mundial; motivo por el cual abandonó la contienda y quedo privado de ejecutar un tiro penal.

No exagero cuando afirmo que, al pasar por su casa, el miedo me paralizaba a tal punto que incluso me volvía incapaz de voltear la vista siquiera para hacer contacto con ella y devolver el saludo sin los tapujos y las blandenguerías propias de la vanguardia de la 4T y su perorata socialdemócrata y pequeñoburguesa. Apenas alcanzaba a girar un poco el cuello y el simple hecho de ver su dulce mano haciendo aquel ademán afectivo que me dedicaba, constituía un placer nuevo e inexplicable nunca antes experimentado. Mis visitas a la tienda fueron cada vez más frecuentes, al igual que mi vida en la calle. No obstante, cierto día, ella simplemente dejó de asomarse y no volvió a aparecer nunca más. Simplemente se esfumo (¿acaso se trataba de un terrible presagio?)

En esos menesteres me encontraba yo cuando, con todo cuidado y precaución crucé la calle que separaba las manzanas de mi casa y de la tienda. Ese era el reto más peligroso de la misión. Ahora me encontraba a unos metros de llegar a mi destino final y la gloria me aguardaba; estaba por ingresar al selecto grupo de niños que van solos a la tienda. Sin embargo, versa el viejo refrán, del plato a la boca se cae la sopa. Al vislumbrar la tiendita metí mi mano al bolsillo y noté que este se encontraba más vacío que las urnas electorales de una votación para diputados locales: el billete del pinche Lázaro Cárdenas había desaparecido. En ese momento sentí un maldito nudo en el estómago mucho más abigarrado que el que se formaba cuando veía a mi hermosa querubín asomarse por la ventana. Incluso el agradable clima vespertino con tintes bucólicos que iluminaban aquella tarde veraniega y apacible se tornó hosco y sombrío. “Negras tormentas agitan los aires” dirían nuestros querides amigues anarco-cómicos. Al percatarme de la ausencia del dinero, detuve mi camino y comencé a buscar una y otra vez los diez mil pesos en las bolsas del pantaloncillo corto. Busque en el suelo, junto a los árboles, a la orilla de la banqueta, etc. Era un hecho, había extraviado el dinero y, como en muchas ocasiones a futuro, todo lo había arruinado.

Regresé a mi casa aterrado, lidiando con el miedo que se apostaba frente a mí para sin poder hacerle frente o evadirlo. Con la mano temblorosa toqué el timbre de la casa; mi madre abrió la puerta y, al momento de ver mi pinche geta de angustia —peor que la de Peña Nieto cuando se encerró en los baños de Universidad Iberoamericana— me preguntó con cierto dejo de sarcasmo:

—¿Qué pasó con el mandado, hijito? ¿Dónde están las cosas?

 

Yo hice mutis, tartamudeé, balbuceé como bebé de un año; ya no tenía escapatoria, mi destino estaba marcado. Me encontraba, al igual que Sócrates, ante la cicuta; al igual que Dimitrov, frente al tribunal de cerdos fascistas; al igual que Stalin, recibiendo toneladas de basura. Cabe aclarar que yo, ni en ese momento ni ahora, contaba con la sapiencia, el aplomo o la elocuencia de mis camaradas antes mencionados. No obstante, para gran fortuna mía (“Oh fortuna, velut luna, statu variabilis”, rezan los versos goliardescos de la abadía de Bura), mi madre se percató de la enorme pendejada que había cometido poco antes de salir de casa y recogió el chingado billete cardenista, el cual no tuve el tino de guardar en el bolsillo de mi short y, por tanto, había caido al suelo, justo en el umbral de la puerta. Huelga decir que, si ese suceso generó en mí una primera animadversión en contra del general, esto no fue nada en comparación con lo que supe años después con respecto a que el traidor más grande de la historia, León Trotsky, el gusano contra revolucionario, había sido asilado durante su sexenio.


Para dicha mía, en aquella ocasión no hubo golpes ni regaños maternos; sólo una mesurada, pero muy firme llamada de atención, además de una broma sumamente ácida y perfectamente planeada por la mente maquiavélica de mi madre quien, notando mi estupidez inmediatamente, prefirió esperar mi ida a la tienda, que descubriera la ausencia del dinero y que sufriera la infernal agonía del agónico y lento regreso a casa, antes que alertarme sobre mi distracción.


Finalmente, emprendí por segunda vez más la misión a la tienda y la concreté de manera satisfactoria. La niña de la piel blanca nunca apareció en la ventana. Sin embargo, ese día supe que el destino tenía reservado para mí un papel completamente contrario al del arquetipo de hombre exitoso impuesto por la supra estructura ideológica que se amolda perfectamente a las exigencias de la reproducción incesante del modo de producción capitalista en su etapa imperialista.


Además de lo anterior, resulta fundamental destacar que, la pinche sensación en el estómago que experimenté cuando descubrí que no estaba el billete en mi pantaloncillo corto, me siguió acompañando por muchos años más durante el transcurso de mi vida:


    -Demián, voy a citar a tu mamá para decirle que te embarraste las manos con pegamento     e intentaste trepar por las paredes del salón como el hombre araña...


    -Demián, tu papá tiene cáncer…

 

    -Demián, tu papá ya estaba muy enfermo, no sobrevivió…


    -Demián, si no apruebas el extraordinario de Civismo te vas a quedar un año más en                 secundaria...

    

    -Demián, me llamaron del CCH ¿Es cierto que debes 15 materias?...


    -Demián, el resultado del estudio es positivo, estoy embarazada...

 

    -Demián, mi marido lo sabe…


    -Demián, tienes una demanda penal, puedes pasar siete años en prisión…


    -Demián, ya no te amo…

miércoles, 1 de enero de 2020

Feliz cumpleaños, Guille.

Mi primer contacto con el antiimperialismo lo tuve siendo niño, y fue gracias a la abuela. Yo no alcanzaba aún los diez años, pero recuerdo bien que durante la guerra del golfo, en Irak, ella se la pasaba despotricando en contra de los "méndigos gringos", a los que tachaba de ser unos completos metiches que siempre asomaban las narizotas donde nadie los llamaba, y que vendían armamento a la contra nicaragüense. El resto de la familia trataba de hacerle ver que Sadam Husein era un dictador sanguinario y que la intervención militar yankie estaba justificada. Sin embargo, mi abuela se mantenía firme en su postura antibélica y antiintervensionista. Ella estaba en lo correcto, su visión sobre el conflicto era la más acertada. Lamentablemente carecía de los argumentos suficientes para demostrarlo. 

Además de ser antiyankie era antipriista. Me atrevería a decir que sus críticas al Partido de Estado caían, por momentos, en lo recalcitrante; y cada tres o seis años se le veía llena de rabia, tristeza y frustración al saber que los resultados de la contienda electoral en turno daban aplastantes victorias al PRI. La vida no le alcanzó para ver el 2018, y la lucidez mental no le alcanzó siquiera para entender el circo foxista del 2000. 

Así era la abuela, intolerante con los priistas y con la gente malinchista (los colonizados mentales presas del epistemicidio de la modernidad blanca y capitalista, dirían los intelectuales progres). Siempre argumentaba que nuestro país era bellísimo, lleno de recursos naturales, con el himno nacional y la bandera más hermosos del mundo, y que todos debíamos sentirnos muy orgullosos de nuestra patria. Tal vez por eso también repudiada a la gente que tiraba basura en la calle. ¡Parecen puercos! decía. Puedo aseverar con absoluta certeza que ella, lamentablemente, nunca leyó a Lenin ("Imperialismo, fase superior del capitalismo"), tal vez por eso sus argumentos no tenían el peso suficiente. No obstante -y esto sí me consta- todas las tardes, después de la comida, se sentaba a leer las enciclopedias que mi padre nos había comprado a mi hermana y a mí para hacer las tareas escolares. La historia de México, curiosamente, era su tema preferido: Las culturas mesoamericanas, el juarismo, la Revolución mexicana.

Justamente la hora de la comida era el momento en el cual más la disfrutaba, porque era el espacio donde nos compartía a mi hermana y a mí los recuerdos de su infancia: el cierre de los templos de la Ciudad de México a causa de la Guerra de los cristeros, la escuela primaria a la que había asistido, el tranvía, el fonógrafo, las visitas furtibas a la cocina de su casa para robar terrones de azúcar que rociaba con alcohol. Estos relatos siempre eran deliciosamente aderezados con sus frases célebres: "Son como la peste", decía cuando quería referirse a personas insoportables, en especial a los niños. "Eso queda hasta el 5to infierno" la utilizaba para referenciar algún lugar alejado de la ciudad. "Esto está que brama" era la manera de nombrar platillos muy picantes. 

De esas historias maravillosas que contaba guardo dos recuerdos entrañables. Uno es el relato en sí mismo; el otro era el alegar con ella. No se trataba de debatir ni contrastar ideas divergentes dentro de un trasfondo reflexivo y crítico; simplemente se trataba de cuestionar cualquier cosa que dijera. Apenas empezaba yo a contradecirla y me decía: “Habliche", "¡Callise! No me retobe". O la típica "Ora verás cómo no te hago nada". También utilizaba mucho el "Fregado chamaco". Pero la mejor de todas sus consignas hacia mí era la de: "Este niño va a ser líder". No fue sino hasta la universidad cuando tomando casetas, cerrando avenidas y organizando asambleas y mítines entendí a qué se refería con eso. 

Pasados algunos años yo me convertí en estudiante del CCH (¿Estudiante? Dejémoslo en asistente). Ya desde la década de los 90, formar parte de la comunidad universitaria, había dejado de ser un derecho y se había convertido en un privilegio. Fue en ese contexto que ocurrió conmigo una transformación por la cual, muy probablemente, todos los universitarios provenientes de familia proletarias atravesamos: apenas tenemos acceso a unas cuantas piscas de conocimiento crítico que el resto de la familia, por desgracia no tiene, y nos convertimos en unos pinches escuincles odiosos, petulantes e insoportables que, estúpidamente, creemos tener las respuestas a todo. Siendo así, y con mi espíritu chingativo fortalecido, buscaba el momento oportuno para lanzar el anzuelo que mi abuela siempre mordía: 

-Adiós, abuelita. Ya me voy a la escuela.
-Ándale, hijo. Que Dios te acompañe. 
-¡Ay, por favor! Dios no existe. 
-Aunque no exista te va a acompañar. 

En cierta ocasión, y bajo la misma lógica castrosa e irreverente de mi parte, me aventé la puntada de preguntarle qué era la masturbación. Mi madre, al escuchar mi pinche cuestionamiento insidioso e intrascendente, inmediatamente lanzó un grito desaforado diciendo mi nombre y exigiendo que dejara en paz a mi pobre abuela. No obstante, ese día, doña Guille se llevó la tarde y el reconocimiento unánime de los ahí presentes cuando, con toda la serenidad y la sapiencia acumulada por tantos años de vida me respondió con aplomo y clase:

-Ay, hijo. Pues la masturbabación es hacerse pendejo uno solo. 

En ese momento yo lancé una exclamación de asombro y, muerto de risa, le comencé a aplaudir; mientras tanto, y sin que yo alcanzara a verla, mi madre me gritó desde algún lugar de la casa, con cierto tono aleccionador: ¿Ya ves? Tú que querías asustar a tu abuela y mira, te salió peor. Mi madre tenía toda la razón, a esa edad yo me hacía pendejo solo prácticamente todos los días. 

Lamentablemente, el tiempo y el destino le tendieron a mi abuela una muy mala jugada. Con el paso de los años, la memoria comenzó a fallarle de una forma cada vez más perjudicial, al grado de que en los últimos años de su vida, ella se había convertido en una niña de no más de 10 años a la que era necesario brindarle atención y cuidados especiales y permanentes. No obstante, había momentos en los que llegaban a su cerebro pequeños chispazos de lucides que parecían obedecer más a un capricho de la vida que a un suceso cognocible mediante la ciencia. Ejemplo de ello ocurrió una mañana de sábado en la cual mi cuerpo recentia la resaca de la juerga y el jolgorio vividos una noche anterior. Por si esto fuera poco, los padecimientos etílicos provocados en el organismo se magnificaron por una muy reciente ruptura amorosa. 

Siendo así, me levante de la cama sintiendo dentro de mi cabeza una locomotora que corría a toda velocidad y que estaba a punto de descarrilarse. Una vez en la sala, y antes que cualquier otra cosa, me dispuse a escuchar casetes de Silvio Rodríguez para hacer mi existencia más miserable aún. Por alguna razón que no recuerdo, ese día mi abuela y yo nos encontrábamos solos en casa. De pronto comenzó a sonar en las bocinas del estéreo la canción de "Ojalá". Al escuchar los primeros arepegios yo me quedé sentado e inmóvil en uno de los sillones, mirando hacia ningun lado y sin decir una sola palabra; pidiéndole al destino que ojalá por lo menos me llevara la muerte. 

En ese momento, mi abuela - quien estaba pero nunca estaba debido a su falta de memoria- se acercó lentamente hacia mí y con un gesto lleno de dulzura y amor me dijo: "No sufras hijito", a la vez que me acariciaba el pelo. Después de eso se alejó de mí con la satisfacción de haber cumplido su misión. De mi reacción prefiero no hablar; simplemente me quedo con ese pequeño momento de lucidez que tuvo y que utilizó para brindarme un poco de consuelo. 

Así era Guille; sensible, cariñosa (siempre y cuando no la hicieras enfurecer), dicharachera, culta y educada, con una habilidad notable para poner apodos, amante de la música de Agustín Lara, admiradora de Cantinflas (¿Cuántas películas habremos visto juntos?), quien no desperdiciaba la oportunidad para tomarse una "cubita" con la familia y los amigos. En fin, el día de hoy traigo a cuento todas estas vivencias buscando con ello rendirle un muy humilde pero merecido homenaje.

¡Feliz cumpleaños, Guille! Donde quiera que estés.

domingo, 6 de mayo de 2018

LUMUMBA, EL HOMBRE QUE DESCONFIÓ DEL IMPERIALISMO


Ninguna brutalidad maltrato o tortura me ha doblegado porque prefiero morir con la cabeza en alto, con la fe inquebrantable y una profunda confianza en el futuro de mi país, a vivir sometido y pisoteando principios sagrados.

(Carta escrita por Patrice Lumumba a su esposa e hijos días antes de su muerte).


INTRODUCCIÓN.

En el año de 1961, unas semanas después de que la CIA y el gobierno de Bélgica -mediante una operación encubierta encabezada por Frank C. Carlucci, agente secreto comisionado por el expresidente de E.U., Dwight D. Eisenhower[1]- derrocaron, torturaron y asesinaron a Patrice Lumumba (el primer hombre electo democráticamente por el pueblo congolés para ocupar el cargo de Primer Ministro, tras declararse la independencia de la República Democrática del Congo) el Che Guevara pronunció un discurso para el pueblo cubano en el que mencionó lo siguiente: “La estatua que recuerda a Lumumba, hoy destruida pero mañana reconstruida, nos recuerda también la historia trágica de ese mártir de la revolución del mundo: que no se puede confiar en el imperialismo, pero ni tantito así, nada”[2].

Con base en el objetivo del presente trabajo (trazar un breve esbozo de la biografía política de Lumumba basada en el filme del haitiano Raoul Peck[3]) resulta pertinente comenzar rememorando el anterior fragmento del discurso del Che, quien al igual que Lumumba fue víctima del imperialismo, ya que tal y como lo demuestran los nuevos estudios que abordan el tema del derrocamiento del primer gobierno democrático del Congo, del asesinato de Lumumba, y de la posterior implantación de la dictadura de  Joseph Désiré Mobutu; resulta claro que la desestabilización política desatada durante los pocos meses en que Lumumba se desempeñó como Primer Ministro no fueron consecuencia de conflictos internos, sino de una política clara y abiertamente intervencionista por parte de los gobiernos de Bélgica (en 2001, el parlamento belga reconoció la responsabilidad de Bruselas en el asesinato de Lumumba[4]) y los Estados Unidos.

EL ASCENSO Y LA CAIDA DE PATRICE LUMUMBA.

En 1885 se llevó a cabo la firma del Acta General de la Conferencia de Berlín, hecho que determinó la repartición colonialista de África entre las más importantes potencias imperialistas europeas. Fue así como el Congo pasó a ser territorio controlado por el reino de Bélgica, que era encabezado por Leopoldo II, uno de los grandes genocidas de la historia del colonialismo. Durante esta época la población disminuyó de 25 a 15 millones de habitantes, y mientras se desarrollaba la Segunda Guerra Mundial, el Congo fue el más importante proveedor de caucho, titanio, cobalto y uranio; todos estos minerales esenciales para el desarrollo de la industria armamentista[5].
Ya durante la etapa de dominio colonial del Congo, sus habitantes se vieron negados a la posibilidad de acceder a la educación, y durante la década de los 50, únicamente alrededor de 100 de congoleños habían podido realizar estudios universitarios. Entre ese selectísimo grupo se encontraba Patrice Lumumba, quien se después de concluir su formación académica laboró en una oficina de Correos y como agente de ventas de una importante cervecería. Este empleo le permitió recorrer el país y organizar un sindicato de trabajadores, suceso que lo llevó a ser detenido y encarcelado por las autoridades colonialistas belgas en 1955.
Para el año de 1958 consigue agrupar a la mayoría de las fuerzas que pugnaban por la independencia, en el Movimiento Nacional Congoleño (MNC), partido político con visión panafricanista que se desempeñaba entre la legalidad y la ilegalidad. No obstante, el MNC nunca pudo aglutinar los diferentes intereses de clase que comenzaron a gestarse en las nuevas élites africanas. A la postre, esta naciente burguesía que encontraba ciertos beneficios en mantener lazos con el gobierno de Bélgica, y que veía cada vez más con mayor preocupación la radicalización de Lumumba y su acercamiento con la URSS, será artífice -en contubernio con la CIA- del asesinato de Lumumba.
En medio de este contexto Patrice Lumumba es encarcelado y torturado. No obstante, el gobierno de Bélgica concede su liberación para que realice un viaje a Bruselas y se negocie la declaración de independencia del Congo. Siendo así, la metrópoli convocó a elecciones libres en las que el MNC aprovechó para hacerse del poder, quedando en el cargo de presidente Joseph Kasavubu, y en el de primer ministro el propio Lumumba. El objetivo del MCN era tener control del aparato colonial, las fuerzas armadas y la policía, para dar fin al régimen colonialista. Para poder llevar a buen término su proyecto político, el MNC requería administrar los recursos naturales con los que contaba el territorio, por lo que el primero de julio de 1960 se declara la independencia del imperio belga y se funda la República Democrática del Congo.
Durante la ceremonia de la toma del poder, Lumumba pronunció un discurso histórico que encendió los focos rojos de las potencias imperialistas:
Aunque esta independencia del Congo está siendo proclamada hoy en acuerdo con Bélgica, un país amistoso, con el que estamos en igualdad de términos, ningún congolés olvidará que la independencia se ganó en lucha, una lucha perseverante e inspirada que ocurrió en el día a día, una lucha, en la que no nos intimidamos por la privación o el sufrimiento y no escatimamos fuerza o sangre.
Estuvo llena de lágrimas, fuego y sangre. Estamos profundamente orgullosos de nuestra lucha, porque era justa y noble e indispensable para poner fin a la humillante esclavitud que nos fue impuesta. Esa fue nuestra suerte durante los ochenta años de dominio colonial y nuestras heridas están muy frescas y son demasiado dolorosas para ser olvidadas.[6]

Luego de la declaración formal de independencia, uno de las primeras situaciones conflictivas a las que se enfrentó el gobierno democrático fue la conformación del ejército, el cual era controlado por militares belgas. Además de esto, los grandes monopolios extranjeros mantenían el control de muchos recursos naturales y las fuerzas imperialistas aún tenían injerencia en un amplio sector de la burocracia estatal y en decisiones de la política interna del Congo a través del presidente Kasayubu y del hombre al mando del ejército, el general Mobutu Sese Seko.
Fue este contexto el que permitió la implementación de una campaña de desestabilización por los servicios de inteligencia belga y la CIA, representada por el agente encubierto Frank Carlucci, quien logra establecer nexos con Mobutu[7]. Por una parte, el gobierno de Bruselas retiró todo tipo de asistencia técnica, esperando generar una parálisis productiva dentro del país; y a la par de esto, Moisés Tshombé, agente comercial de una compañía minera belga ubicada en Katanga (zona en la que se encontraban las principales reservas mineras), impulsó una sublevación de los cuerpos policiacos que demandaban la secesión de la región.
Este complejo panorama orilló al gobierno de Kinshasa a solicitar apoyo de la ONU para recuperar el control de Katanga. Sin embargo, los cascos azules se negaron a intervenir y las tropas belgas se mantuvieron en el Congo apoyando la secesión de la región. Esto llevó a que Lumumba solicitara el apoyo de la URSS, situación que aceleró los planes imperialistas de Estados Unidos. Fue así como el 5 de septiembre de 1960, Kasavubu destituyó a Lumumba.
No obstante, la CIA y el gobierno de Bélgica consideraron que la sola destitución de Lumumba no era suficiente, por lo que el presidente Eisenhower[8] emitió la orden de que fuera asesinado. Luego de sufrir torturas y graves vejaciones durante varios días, el ex-primer ministro de la naciente República Democrática del Congo fue asesinado y sus restos fueron disueltos en ácido. Ya para el momento de su muerte, Joseph Mobutu se había hecho del control político y militar de la capital; hecho que a la postre desatará una dura represión en contra de los partidarios de Lumumba e implantará una de las dictaduras más cruentas del continente africano, la cual siempre contó con el apoyo de los Estados Unidos.

¿POR QÚE CAYÓ LUMUMBA?
Para tener una explicación clara de los motivos que propiciaron el derrocamiento de Patrice Lumumba y de la reinstauración de los intereses imperialistas en el Congo, luego de la victoria del movimiento contra-revolucionario; resulta necesario tomar en cuenta una serie de factores que se fueron concatenando y que propiciaron el aislamiento político de Lumumba -que se materializo claramente con el caso omiso de la ONU ante el intervencionismo belga- y la traición de muchos de sus colaboradores más cercanos, incluidos Joseph Kasayubu y Mobutu Sese Seko, ante las intenciones de Lumumba de establecer lazos de apoyo con la Unión Soviética.
En primer lugar, es necesario tener en cuenta que la Europa de la posguerra se encontraba fuertemente debilitada por la devastación que había generado la lucha contra el fascismo. Debido a esto, el viejo continente se vio obligado a adoptar una estrategia diferente de dominio colonial, la cual permitiera -sin renunciar al enriquecimiento logrado por el despojo de la mano de obra y de los recursos naturales- la participación de las nuevas élites africanas en la gobernanza del país. Esta situación, además de evitar el fin de las políticas imperialistas que comenzaron a contar con el apoyo de Estados Unidos, brindaba legitimidad política a las naciones europeas, en un contexto en el que revoluciones nacionalistas y democráticas se desarrollaban en diversas partes del mundo.
Por otra parte, es necesario delinear la ruta del pensamiento político de Patrice Lumumba, hombre que, debido a su formación académica, se convierte en un férreo defensor de los valores políticos del liberalismo europeo consistentes en la libertad de expresión, la libre asociación, la igualdad de derechos entre blancos y negros, etc. Posteriormente, Lumumba nutre esta visión política con los planteamientos de las luchas independentistas que se daban en varias regiones del continente africano, lo que lo lleva a comprender que la lucha por la independencia y la libre autodeterminación del Congo era en realidad una lucha antiimperialista. Una vez que Lumumba comprende esta situación, el acercamiento con el bloque socialista se vuelve casi una consecuencia lógica.
Finalmente, esta transformación es lo que coadyuvó para que las potencias imperialistas intensificaran sus actividades contra-revolucionarias y que muchos de los propios colaboradores de Lumumba, los cuales se habían convertido en ese momento en parte de una nueva élite burocrática, decidieran darle la espalda para mantener el estatus-quo adquirido por las políticas neo-colonialistas implantadas por Europa y Estados Unidos en el continente africano. La conjunción de todas estas fuerzas reaccionarias fue lo que impidió que Lumumba profundizara la lucha en pos de una auténtica independencia económica y política, y que a cambio encontrara la tortura y la muerte a manos del imperialismo.



[3] Lumumba fue filmada en el año 2000, y es una coproducción de Francia-Bélgica-Alemania—Haití en la que participan la JBA Production / RTBF / Entre Chien et Loup / Velvet Films / Essential Filmproduktion / Arte France Cinéma.
[5] https://causarevolucionaria.wordpress.com/2009/10/31/biografia-del-lider-revolucionario-patrice-lumumba/.
[7] En la película Lumumba, Peck -el director del filme- incluye una escena en la que se recrea una conversación entre los autores intelectuales del asesinato de Lumumba. Uno de ellos es otro que Frank Carlucci, quien, al preguntársele sobre la posición de Washington, responde: «El gobierno de mi país no tiene por costumbre interferir en los asuntos democráticos de una nación soberana. Respetaremos la decisión de ustedes». Posteriormente, cuando la cinta llegó a Estados Unidos, Carlucci se valió de su posición de poder para impedir que la cadena de HBO transmitiera esa escena, amenazando con mandar a los tribunales a la casa productora Zeitgeist Film. Ante esta situación, el realizador haitiano acepta entonces eliminar el nombre de Carlucci.
[8] http://www.telesurtv.net/news/Patrice-Lumumba-el-heroe-asesinado-de-Africa-20160116-0031.html