Aquella vez en que discurría la tarde en completa calma, el año 1986 caminaba con pasos inseguros y pesados. Ese fue el año del mundial de fútbol en México y, el recuerdo más grato que tengo de esa (in)justa deportiva fue la rechifla que se llevó el ojete de Miguel de la Madrid por parte del público asistente al Estadio Azteca durante el partido inaugural. La negligencia asesina mostrada un año antes, durante los días posteriores al terremoto que arrasó con el centro histórico de la Ciudad de México había despertado una profunda rabia en el pueblo de México.
No obstante, volviendo a aquella tarde, y a juzgar por la sensación de quietud que embarga el recuerdo, es muy probable que fuera período veraniego y vacacional. Yo tendría no más de 6 años y teníamos muy poco tiempo de haber llegado a la colonia tras el divorcio de mis padres. Empero, a pesar de la corta edad que tenía, mi madre consideró que había llegado el momento adecuado para asignarme una tarea la cual constituía un paso más (tal vez el primero de ellos) en ese largo camino para convertirme en “hombre”: Tendría que acudir solo a la tienda. Huelga decir que, en aquellos tiempos, la burguesía nacionalista posrevolucionaria daba sus últimos coletazos de vida, antes de sucumbir ante el embate brutal del neoliberalismo y la nueva oligarquía de tecnócratas que se comenzaban a adueñar del poder público. Tal vez, debido a ello, la conflictividad entre los cárteles de la droga y el cártel del Estado no había inundado las calles de sangre, balazos y muerte; situación que reducía enormemente la posibilidad de que una criatura de seis años (es decir, yo) padeciera una desgracia.
El establecimiento mercantil al que me dirigiría se encontraba a poco más de una cuadra de mi casa y, recordando la tristemente célebre frase atribuida a Jacobo Zabludovsky en aquella fatídica noche de octubre de 1968, aquel también “fue un día soleado”. No recuerdo en lo absoluto cuál fue el encargo de mi madre, y tampoco tengo presente la imagen de mi hermana menor quien, en esos momentos no estaba en nuestro hogar. Muy probablemente se encontraba en la casa aledaña que habitaban las tías solteras y de edad avanzada, observando alguna telenovela del canal de las estrellas.
No obstante, lo que tengo perfectamente grabado en mi mente, al igual que el olor de tu nuca en mi almohada, o las laceraciones psicoafectivas que dejaste en mí tras tu partida, es la denominación de aquel billete verde que tenía la efigie del populista por antonomasia del presidencialismo en México: Lázaro Cárdenas (“El Tata”). Al fondo del billete y tras la figura del general, podían apreciarse las plataformas petroleras en el Golfo de México, la cuales simbolizaban la gran gesta que había significado la expropiación petrolera; el gran triunfo de la revolución burguesa de 1910 que, a decir de López Portillo, nos estaba preparando para “administrar la abundancia”.
Siendo así, mi madre puso el billete con denominación de 10 mil pesos en mis manos para que pudiera realizar los pagos en la tienda y, al momento de hacerlo me dijo lo siguiente:
—Hijo, mira bien el billete que te estoy entregando, es uno de a diez mil (sic); la señora de la tienda te tiene que entregar (X cantidad) de cambio; guárdalo muy bien la bolsa de tu short, que no se te vaya a caer. Tampoco platiques con nadie en la calle y ten mucho cuidado al cruzar...
Yo escuché las indicaciones maternas con una atención que rayaba en la solemnidad; mis ojos estaban tan abiertos que incluso lograban transmitir cierto dejo de temor. Sin embargo, al momento de guardar el dinero en el bolsillo, mi capacidad de concentración se había agotado por completo pues la había enfocado al 100% en el discurso de 30 segundos de duración que mi madre había esgrimido sobre las necesarias precauciones que uno debe tomar cuando maneja altas cantidades de monetarias. En aquellos años, aún no se imponían como hegemónicas las teorías posmodernas sobre el déficit de atención, las competencias educativas y algunas otras pendejadas ideadas por los mercenarios de la educación. Por tanto, la distracción infantil se llegaba a catalogar como un simple gesto picaron y jocoso por el cual no era menester realizar estudios neurológicos, tomar encefalografías o recetar pastillas que envenenan a las infancias neurodivergentes.
Una vez agotadas mis capacidades receptivas tras el discurso de mi madre, mi mente estaba más enfocada en el perro negro de la calle que jugaba con todos los niños de la cuadra; o en el último gol que había metido Hugo Sánchez con el Real Madrid; o —esto último es lo más probable— tal vez estaba sumamente nervioso debido a que, en mi trayecto rumbo a la tienda cruzaría frente a la casa de aquella niña rubia, de piel blanquísima y sonrisa nacarada que hacía temblar mis manos y mis piernas cuando se asomaba por la ventana y me gritaba: —¡Oye, niño, niño! Al tiempo que me saludaba con su brevísima y floral manecita. Ella era para mí como una visión eclesiástica; una auténtica querubín. Las escazas ocasiones en que lograba observarla posada en la planta alta de su hogar, mi pulso se aceleraba y el terror me invadía cual calambres que el mismo Hugo Sánchez había padecido frente a la selección de Alemania en los 4tos de final del ya mencionado mundial; motivo por el cual abandonó la contienda y quedo privado de ejecutar un tiro penal.
No exagero cuando afirmo que, al pasar por su casa, el miedo me paralizaba a tal punto que incluso me volvía incapaz de voltear la vista siquiera para hacer contacto con ella y devolver el saludo sin los tapujos y las blandenguerías propias de la vanguardia de la 4T y su perorata socialdemócrata y pequeñoburguesa. Apenas alcanzaba a girar un poco el cuello y el simple hecho de ver su dulce mano haciendo aquel ademán afectivo que me dedicaba, constituía un placer nuevo e inexplicable nunca antes experimentado. Mis visitas a la tienda fueron cada vez más frecuentes, al igual que mi vida en la calle. No obstante, cierto día, ella simplemente dejó de asomarse y no volvió a aparecer nunca más. Simplemente se esfumo (¿acaso se trataba de un terrible presagio?)
En esos menesteres me encontraba yo cuando, con todo cuidado y precaución crucé la calle que separaba las manzanas de mi casa y de la tienda. Ese era el reto más peligroso de la misión. Ahora me encontraba a unos metros de llegar a mi destino final y la gloria me aguardaba; estaba por ingresar al selecto grupo de niños que van solos a la tienda. Sin embargo, versa el viejo refrán, del plato a la boca se cae la sopa. Al vislumbrar la tiendita metí mi mano al bolsillo y noté que este se encontraba más vacío que las urnas electorales de una votación para diputados locales: el billete del pinche Lázaro Cárdenas había desaparecido. En ese momento sentí un maldito nudo en el estómago mucho más abigarrado que el que se formaba cuando veía a mi hermosa querubín asomarse por la ventana. Incluso el agradable clima vespertino con tintes bucólicos que iluminaban aquella tarde veraniega y apacible se tornó hosco y sombrío. “Negras tormentas agitan los aires” dirían nuestros querides amigues anarco-cómicos. Al percatarme de la ausencia del dinero, detuve mi camino y comencé a buscar una y otra vez los diez mil pesos en las bolsas del pantaloncillo corto. Busque en el suelo, junto a los árboles, a la orilla de la banqueta, etc. Era un hecho, había extraviado el dinero y, como en muchas ocasiones a futuro, todo lo había arruinado.
Regresé a mi casa aterrado, lidiando con el miedo que se apostaba frente a mí para sin poder hacerle frente o evadirlo. Con la mano temblorosa toqué el timbre de la casa; mi madre abrió la puerta y, al momento de ver mi pinche geta de angustia —peor que la de Peña Nieto cuando se encerró en los baños de Universidad Iberoamericana— me preguntó con cierto dejo de sarcasmo:
—¿Qué
pasó con el mandado, hijito?
¿Dónde están las cosas?
Yo hice mutis, tartamudeé, balbuceé como bebé de un año; ya no tenía escapatoria, mi destino estaba marcado. Me encontraba, al igual que Sócrates, ante la cicuta; al igual que Dimitrov, frente al tribunal de cerdos fascistas; al igual que Stalin, recibiendo toneladas de basura. Cabe aclarar que yo, ni en ese momento ni ahora, contaba con la sapiencia, el aplomo o la elocuencia de mis camaradas antes mencionados. No obstante, para gran fortuna mía (“Oh fortuna, velut luna, statu variabilis”, rezan los versos goliardescos de la abadía de Bura), mi madre se percató de la enorme pendejada que había cometido poco antes de salir de casa y recogió el chingado billete cardenista, el cual no tuve el tino de guardar en el bolsillo de mi short y, por tanto, había caido al suelo, justo en el umbral de la puerta. Huelga decir que, si ese suceso generó en mí una primera animadversión en contra del general, esto no fue nada en comparación con lo que supe años después con respecto a que el traidor más grande de la historia, León Trotsky, el gusano contra revolucionario, había sido asilado durante su sexenio.
Para dicha mía, en aquella ocasión no hubo golpes ni regaños maternos; sólo una mesurada, pero muy firme llamada de atención, además de una broma sumamente ácida y perfectamente planeada por la mente maquiavélica de mi madre quien, notando mi estupidez inmediatamente, prefirió esperar mi ida a la tienda, que descubriera la ausencia del dinero y que sufriera la infernal agonía del agónico y lento regreso a casa, antes que alertarme sobre mi distracción.
Finalmente, emprendí por segunda vez más la misión a la tienda y la concreté de manera satisfactoria. La niña de la piel blanca nunca apareció en la ventana. Sin embargo, ese día supe que el destino tenía reservado para mí un papel completamente contrario al del arquetipo de hombre exitoso impuesto por la supra estructura ideológica que se amolda perfectamente a las exigencias de la reproducción incesante del modo de producción capitalista en su etapa imperialista.
Además de lo anterior, resulta fundamental destacar que, la pinche sensación en el estómago que experimenté cuando descubrí que no estaba el billete en mi pantaloncillo corto, me siguió acompañando por muchos años más durante el transcurso de mi vida:
-Demián, voy a citar a tu mamá para decirle que te embarraste las manos con pegamento e intentaste trepar por las paredes del salón como el hombre araña...
-Demián, tu papá tiene cáncer…
-Demián, si no apruebas el extraordinario de Civismo te vas a quedar un año más en secundaria...
-Demián, me llamaron del CCH ¿Es cierto que debes 15 materias?...
-Demián, el resultado del estudio es positivo, estoy embarazada...
-Demián, mi marido lo sabe…
-Demián, tienes una demanda penal, puedes pasar siete años en prisión…
-Demián, ya no te amo…