miércoles, 10 de julio de 2013

Lenguaje, cultura y clases sociales


                Una característica muy común en nuestra sociedad es la búsqueda constante de distinción y diferenciación entre grupos sociales. Tal pareciera que un objetivo constante de muchos individuos es pertenecer –o al menos aparentar que se pertenece- a un grupo dominante o élite. Para lograr este propósito, constantemente intentamos imitar patrones de conducta, estereotipos y actitudes que sabemos o suponemos pertenecen a sectores sociales privilegiados de nuestro país. Dentro de este conjunto de normas se encuentran el vestir, la alimentación, los patrones de consumo e incluso el lenguaje.

Es muy común ver cómo mediante el uso que hacemos o dejamos de hacer de cierto tipo de palabras, podemos construir juicios sobre el estrato socio-cultural y económico de la persona que las utiliza, y en determinadas ocasiones llegamos a asignar juicios de valor con respecto a la forma en que se expresan los demás, llegando a calificar como correcto o incorrecto el uso del lenguaje. El asunto sobre qué son las buenas y las malas palabras es un tema que siempre genera polémica entre los estudiosos del lenguaje y entre la ciudadanía, la cual se apropia y transforma el idioma constantemente.

                El lenguaje siempre ha sido un elemento de cohesión sociocultural y de identidad nacional. No obstante, este puede servir también como elemento de diferenciación social, es por ello que en muchas ocasiones los diversos estratos que conforman una sociedad desarrollan formas o estilos de comunicación que resultan divergentes con respecto a lo que se plantea desde la academia y la intelectualidad, generando con esto la estigmatización y el rechazo hacia formas poco prestigiosas de comunicación las cuales llegan a ser catalogadas como “incorrectas”.

                En la obra de José G. Moreno de Alba La lengua española en México se aborda de manera muy clara la falta de certeza del término “incorrecto” aplicado al lenguaje, ya que para el autor lo más adecuado sería hablar en términos de “Lo correcto y lo ejemplar”,[1] refiriéndose a correcto como “la propiedad de los hechos de habla en relación con un sistema lingüístico”,[2] y a ejemplar como la relación de “ciertos hechos del habla con determinada lengua o dialecto en comprobación de índole histórica”.[3]

                Dicho esto podemos entender como correcto el seguimiento de reglas sintácticas y lingüísticas que dotan de lógica los discursos que elaboramos: “El carro rojo” (correcto) y “Las carro roja” (Incorrecto). Mientras que por ejemplar podemos entender las variantes discursivas originadas por una cultura local o nacional, tomándose como ejemplares las características que posee el discurso del grupo social dominante en un contexto determinado. Si algún funcionario público de alto rango llegara a adoptar en un discurso oficial una palabra poco ejemplar asociada con un grupo social marginado, será fuertemente cuestionado por el grueso de la sociedad. No obstante, si un individuo perteneciente a un estrato social excluido llegara a utilizar terminologías academicistas en la elaboración de su discurso, es probable –aunque no se puede afirmar con plena certeza ni que esto suceda en todos los casos-, que este sea reconocido y valorado.[4]

                Ahora bien, como observa la prestigiosa lingüista y directora de la revista Algarabía, Pilar Montes de Oca Sicilia, “los sistemas de clasificación de la lengua reflejan diferentes maneras en que los seres humanos fragmentan [fragmentamos] o configuran [configuramos] el universo”.[5] Por tanto, sería una falacia afirmar que un idioma es mejor que otro, o que la manera de hablarlo, de acuerdo a los contextos regionales o históricos, es correcto o incorrecto. Para ejemplo, basta con citar al gran Fernández de Lizardi, quien escribió en el siglo XIX lo siguiente:

Lo que sucede es, que como su mano de usted es mayor que la llama de la vela, siempre que la ponga frente de ella, la tapará toda y hará un eclipse total; pero si la pone frente de una luminaria de leña, seguramente no la tapará toda sino un pedazo; porque la luminaria es más grande que la mano de usted, y entonces puede usted decir que hizo un eclipse parcial, esto es, que tapo una parte de la llama de la luminaria. ¿Lo entiende usted?.[6]
                Finalmente, podemos concluir que lo correcto y lo incorrecto en el lenguaje se refiere simplemente a la aplicación lógica de las reglas sintácticas para la elaboración de un discurso, mientras que lo ejemplar se encuentra asociado con el valor que le asignamos a ciertas palabras, de acuerdo con nuestro contexto sociocultural, lo que nos lleva a entender que no existen mejores idiomas que otros, o formas más adecuadas de expresión. La ejemplaridad del lenguaje se haya determinada en realidad por contextos sociales, culturales, históricos e incluso económicos, y no son más que el reflejo de la enorme riqueza lingüísticas que gozan las sociedades.

·         Bibliografía

FERNÁNDEZ DE LIZARDI, José Joaquín. El periquillo sarniento, México: Porrúa, 1816/1969.

MONTES DE OCA SICILIA, María del P. “De mujeres, fuego y cosas peligrosas”, en Algarabía divertimento, cultura y lenguaje, 26, México, Alijamia, 2006. Pp. 23-27.

MORENO DE ALBA, José G. “Lo correcto y lo ejemplar”, en La lengua española en México, México: FCE, 2003.




[1] Cfr. J. G. Moreno de Alba. “Lo correcto y lo ejemplar” en La lengua española en México, México: FCE, 2003. P. 113.
[2] Ibídem.
[3] Ibídem.
[4] Si bien es cierto que las clases dominantes siempre buscarán imponer visiones y estilos de vida a las clases subalternas y que en muchas ocasiones estas también buscan imitarlas, es innegable el rechazo que puede existir ante estos intentos de imposición, lo que se traduce en un rechazo a las formas y costumbres culturales ajenas al grupos social al que se pertenece.
[5] Cfr. M. del P. Montes de Oca Sicilia, en “De mujeres, fuego y cosas peligrosas”, Algarabía divertimento, cultura y lenguaje, 26, México, Alijamia. P. 27.
[6] Cfr. J. J. Fernández de Lizardi, El periquillo sarniento”, México: Porrua, 1816/1969. P.56. 

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