La tarea era responder la pregunta: ¿Quién soy?
Mi acta de nacimiento registrada
en el municipio de Atizapán de Zaragoza dice que soy Rafael Demian Avila
Amezola; también que nací un 1 de julio de 1980 a la 1:30 de la mañana y que
mis padres son Rafael Luis Avila Hernández y María de los Ángeles Amezola Idueta.
A pesar de que el acta de nacimiento es uno de los documentos oficiales más
importantes en la vida de cualquier persona, yo jamás me presento como Rafael
Demian Avila Amezola; simplemente me gusta decir:
-Me llamo Demian. Si, como el de la
novela de Herman Hesse.
En algunas ocasiones me gusta
agregar el apellido “Avila”, por esa extraña cuestión del honor que implica el
cargar con un apellido, además de la inevitable carga colonial alojada en el
subconsciente, relacionada con la homónima ciudad española. Sin embargo, cabe
destacar -esto debido al temprano divorcio de mis padres-, que mi infancia –y
si cabe el viejo dicho de “infancia es destino”-, fue 100% Amezola; es decir, 100% materna; hecho que se reforzó con la muerte de mi padre cuando tenía 9 años.
Dicho lo anterior, en esta ocasión
me presentaré como Demian. Yo, Demian, fui el primer hijo de mi madre, pero 4to de mi padre (el tema de los medios
hermanos, no considero muy importante abordarlo ahora, porque además de aburrido, se presta al chisme).
Yo fui un bebé nacido en pañales
de seda, sumamente anhelado según me cuentan, en el que se invirtieron
cualquier cantidad de gastos “pequeño burgueses” (por no decir superfluos) para hacer lo más
satisfactoria posible mi llegada al mundo: Cursos psico-profilácticos, música
clásica para la estimulación prenatal, libros de consulta propios para la
ocasión adquiridos en los aparadores del Sanborns y del Vips –lugares comunes en
la vida de mis padres-; hospital privado y parto atendido por el clásico doctor
amigo de la familia, etc. Siendo yo hijo de un abogado de la UNAM que trabajaba
en el servicio público y de una madre que se desempeñaba como secretaria ejecutiva
en una prestigiosa notaría de la Ciudad de México, esta era una situación totalmente
normal en la década de los 80s, las personas "de bién", podían disfrutar de este tipo de excentricidades.
Sin embargo, con la muerte de mi
padre y con la entrega de una pensión alimentaria totalmente paupérrima por
parte del ISSSTE, que además tenía que ser dividida en partes iguales entre la
enésima y última esposa de mi padre (la viuda oficial), y nosotros (con
nosotros me refiero a mi madre, mi hermana menor que nació dos años después de
mi, y obviamente yo), la vida pequeño burguesa paso al formar parte de los
álbumes fotográficos y de la memoria melancólica y anhelante. A partir de ese momento, la única
opción posible que tuvo mi madre fue la educación pública así como el
compartir casa con la tía, con el tío, o con la compañera de trabajo.
Como era de esperarse, estos
cambios tan drásticos no fueron bien asimilados por mi parte (los especialistas
de hoy le llaman resilencia), y los problemas académicos se volvieron muy evidentes
desde la secundaria: “El Reclusorio 54”, que era como se le conocía en el bajo
mundo.
Una vez concluida la secundaria y después de haber arañado el promedio mínimo de admisión para ingresar a la
UNAM; (7.3); conocí el paraíso: El CCH Naucalpan, pero como era de esperarse, este
paraíso estaba repleto de manzanas, de Evas y de serpientes; así que como buen Adán, me
dedique a probar los frutos prohibidos de todos los arboles: El árbol de la cerveza, el
árbol del billar, el árbol de la mariguana, el árbol de la grilla, el de las
marchas y las huelgas; el árbol de la carne y de la mujer, fruto al cual quede
irracionalmente enganchado, y cuando digo irracional no exagero. Sin duda este fue el más delicioso de todos, el que
más me ha deleitado.
Durante esta época inolvidable y fantástica, dionisiaca y poderosa, yo
al igual que Adán olvide una regla de oro existente dentro del Paraíso: Probar
el fruto prohibido te llevaba irremediablemente a la expulsión absoluta. Esté hecho provoco una andanada
de críticas y etiquetas por parte de la familia, las cuales yo, ciertamente disfrutaba
mucho, aunque debo confesar que 20 materias reprobadas de 30 cursadas les otorgaba cierta legitimidad a sus reproches. Sin embargo, y a pesar de que mi panorama lo comenzaron a pintar de gris
los aquellos que me rodeaban, hubo algo que a mí siempre me ilumino y que me decía por
donde caminar: La Música.
Fue aproximadamente a los 17
años cuando tuve completamente claro que me dedicaría a la música, así que
comencé a buscarla, no sin antes ver como corrían las lágrimas de mi madre debido a mí “descabellada decisión”. En un principio, encontrarla implico
muchos sinsabores, ya que es difícil hallarla de manera formal, cuando no
hay antecedentes de músicos en tu familia. No obstante, y por asares del
destino, encontré a mi primer maestro casi enfrente de mi casa: un destacado
guitarrista y compositor egresado de la Escuela Nacional de Música. Fue él
quien de manera muy noble comenzó a orientarme y también a darme mis primeras
lecciones, hasta que por fin, en el año 2000, después de varios intentos infructuosos, logré ingresar a la carrera de
Composición en la UNAM. Y justo cuando mi vida tomaba sentido al 100%, justo
cuando mi futuro profesional estaba –al menos en el papel- completamente
definido, sucedió un hecho que vino a transformar toda mi vida y me orillo a hacer
adecuaciones de último momento, las cuales acabaron por dejar los planes de
estudiar en Europa y dirigir a la Sinfónica Nacional en el baúl de los
proyectos pendientes. Si esa noche hubiera llevado un condón, tal vez ahora
estaría en Francia estudiando un posgrado; pero, AFORTUNADAMENTE no lo llevaba
en esa ocasión y fue así como la vida, pero sobre todo mi calentura y mi insensatez me
convirtieron en padre a los 21 años, para comenzar a vivir la experiencia más
hermosa, más emocionante, y también por momentos, más dolorosa de toda mi vida.
No voy a hora a describir ahora
la relación conflictiva que he tenido con la madre de Emiliano (así se llama mi hijo, si, como
Emiliano Zapata), porque necesitaría una enciclopedia y al parecer, ya nadie edita
enciclopedias en estos días. Empero, el tener a Emiliano en mi vida, aunado a un inagotable deseo de aprender y de contar con un título universitario
(otra vez, como dice Silvio Rodríguez, “todos los siglos de colonialismo
español”, juegan con mis deseos inconscientes), me han hecho llegar a la UACM;
universidad progresista, llena de alumnos y alumnas valerosas y honestas, que
han luchado como pocos por su universidad. Esto me llena de orgullo hace que me identifique enormemente con ella, tal y como en un tiempo me identifique con la
UNAM.
Palabras más palabras menos, este
soy yo: Demian, el músico, porque antes que nada eso es lo que soy en esta vida,
músico, ya que desde los 15 años no ha habido un día en el que no entone una
nota, no toque unos acordes o no percuta un ritmo; pero también soy Demian, el
padre de familia, el hijo y el hermano mayor; y también soy Demian el
taekwondoin cinta negra 2do dan, grado que he conseguido con sangre, sudor y
lágrimas (lo de la sangre no es metáfora, es literal), y también soy Demian, el incipiente
marxista, el Antipeña, el #YosSoy132, el zapatista, el indigenista que ha
tenido la fortuna de conocer a fondo a los niños ñañus que viven en el DF. Soy Demian, el que
grita con rabia ¡Salvemos Wirikuta!, o ¡Huexca no se vende!. Soy Demian, el que
lamentó (no me apena decirlo) la muerte del comandante Chávez, el que defiende la revolución cubana con
gran amor revolucionario. Soy Demian el que estuvo encapuchado en las
inmediaciones de San Lázaro el pasado 1ro de Diciembre, mostrando su
inconformidad por el enésimo robo de la presidencia de nuestro país y confrontando
a las fuerzas represoras a sangre y fuego. Y ahora también soy Demian, el que aspira a
ser un historiador honesto y congruente, que ponga al servicio de los que menos
tienen, de los que están abajo, de los desposeídos; todos los conocimientos que tenga
el privilegio de adquirir en la UACM. Ese soy yo.
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